Miguel A. Berciano

Miguel A. Berciano, Médico de oncología del Hospital Clínico después de su cooperación en ACOES

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Quiero volver…

De camino a la escuela, un saludo en la camioneta, con una amplia sonrisa. Así defino lo vivido en Honduras. Cooperación, Esfuerzo y… Sonrisas. Camino de la escuela Santa Teresa, el voluntariado se entremezcla con profesores de las diferentes escuelas. Desde por la mañana la sonrisa no se despega de sus caras. Para mí, como voluntario, simplemente es una experiencia única, difícil desdibujar otro gesto en mi cara que no sea el de emoción y simpatía por vivir esa oportunidad. Para ellos es su día a día, en el cual sus problemas personales (dramáticos en ocasiones, -todo sea dicho-) no menoscaban su lucha diaria por educar a esa masa infantil que acabará cambiando el futuro del país. Emociona imaginar que de esa sonrisa y actitud ante lo cotidiano, acabará resurgiendo la fuerza por la evolución que todo pueblo necesita. La evolución hacia la dignidad humana.

 

Es difícil dejar de pensar en Honduras tras haber ido. La experiencia es un punto de inflexión en la vida de uno mismo, que te impide abandonar el deseo de ayudar a ese pueblo. Ya no son caras difuminadas que no significan nada o poco, o que solo traducen pena y condescendencia. Ahora son amigos, familia, niños que se cruzaron en tu vida y no quieres que sus sonrisas y lágrimas se sequen y olviden.

 

Cuando se conoce ACOES en toda su dimensión, desde la organización en España hasta la contraparte en Honduras, es cuando te das cuenta de cómo con voluntad y amor se puede hacer mucho bien en cualquier parte del mundo, por muy desfavorecido que pueda ser a priori. El encomiable esfuerzo por ayudar, desde el pequeño gesto, hace grande a ese “grupo de amigos” que es ACOES.

 

Quizá suene muy bien si digo que tras el viaje, solo tengo un deseo: el de volver. Volver sin prisas, aportando más de lo que pudiera haber aportado en esta “mi primera visita”. Así dicho, podría aparentar algo muy altruista, libre de egoísmo, e incluso recibir un saco de elogios hacia mi persona. Pero no nos engañemos, aunque es verdad la propuesta, ese ofrecimiento no es gratuito.

Quiero volver a Honduras por una actitud mucho más egoísta. Egoísmo puro.

Quiero volver a percibir ese cariño del día a día, nada más montarme en la parte de atrás de la camioneta, nada más llegar a la escuela y abrazar a decenas de niños con un “Buenos días” y una sonrisa que pueda durar toda la mañana. Por mucha miseria que pueda ver, esas sonrisas reconfortan. Quiero volver a hacer cotidiana la sonrisa.

Quiero volver a sus paupérrimas casas y, codo a codo, mejorar sus cimientos, suelos y paredes, mientras yo hago lo propio con mi alma y mi vida.

Quiero limpiar y arreglar casas, para saber cómo limpiar y arreglar la mía.

Quiero volver a sentir que mis consejos valen la pena, como laboratorio en el que saber qué hacer yo ante una situación parecida.

Quiero volver a consolar en el sufrimiento, para saber cómo buscar mi consuelo.

Quiero volver a acompañar, y así sentirme acompañado.

Quiero volver a rodearme de esos voluntarios y hondureños que tanta entrega dedican a su causa.

Quiero volver a lo duradero y sincero del llamado Tercer Mundo para soltar lo efímero y superficial del Primero.

Quiero volver a demostrarme cuáles son las verdaderas prioridades en la vida.

Quiero volver a descubrir la importancia de la constancia, la tenacidad por conseguir una vida digna.

Quiero volver a aprender de ellos, de la universidad pública de la vida humilde.

Quiero volver a escuchar sus historias, para recordar que todo esfuerzo mereció la pena.

Quizá los que fuimos, los que compartimos todos estos sentimientos, dejamos guardado un trocito de nosotros mismos bajo algún cafetal de la Escuela Virgen de Suyapa.

Quiero volver, no para recuperarlo, sino para saber que desde que fuimos nunca nos hemos ido.

 

Miguel A. Berciano

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